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Con toda la cuerda dada

Para que un movimiento de relojería mecánico pueda funcionar, necesita el impulso de una fuente de energía. Esta fuente de energía es el muelle. Y aunque hay quienes disfrutan del ritual de dar cuerda al movimiento manualmente, otros prefieren el mecanismo automático, que permite que el reloj funcione indefinidamente gracias a los movimientos del brazo del usuario.

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En IWC Schaffhausen, los nuevos modelos de relojes son sometidos a un exigente programa de pruebas que incluye hasta 50 etapas individuales, como la inmersión prolongada en un tanque de agua salada tibia, y la permanencia en una cámara ambiental cerrada. Todo esto con el fin de garantizar su resistencia al uso diario —y mucho más— cuando finalmente lleguen a las manos de sus futuros dueños.

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«17 de septiembre de 1835. Mientras iba caminando, me encontré con dos tortugas inmensas que debían de pesar cada una al menos 200 libras. Una de ellas estaba comiendo un pedazo de cactus y cuando me acerqué, me miró fijamente y fue alejándose lentamente. La otra emitió un profundo siseo y escondió la cabeza».

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Experiencias

El tiempo pasa con la precisión de un reloj

Texto — Boris Schneider Fecha — 3 de julio de 2014

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El motor de un potente coche deportivo y un reloj mecánico tienen al menos una cosa en común: los dos necesitan lubricante para proteger sus piezas móviles del desgaste. Alrededor de cincuenta puntos del movimiento se tratan, en función de las presiones y tensiones a las que estén expuestos, con grasas y aceites especialmente desarrollados para su uso en relojes de pulsera.

Un reloj mecánico es una máquina compleja en miniatura y en constante movimiento: varios cientos de piezas individuales, incluidos muelles y accionamientos, trabajan sin descanso en escasos centímetros cúbicos. Y hay un aspecto muy importante que les hace parecerse a un deportivo: «Sin aceite, tanto un coche como un reloj se detendrían al instante». Así es como Hansjörg Kittlas, jefe de montaje de movimientos especiales de IWC Schaffhausen, describe el problema.

Un movimiento de reloj contiene docenas de piezas móviles que no cesan de rozarse entre sí. El desgaste resultante puede provocar el desprendimiento de partículas minúsculas y la consiguiente obstrucción de esta mecánica de precisión. En un coche de alto rendimiento, el aceite protege el motor de los efectos del desgaste. Del mismo modo, el movimiento mecánico de alta precisión de un reloj requiere lubricación en unos cincuenta puntos, como, por ejemplo, en los cojinetes sobre los que giran los pivotes de las ruedas. El muelle del barrilete, el mecanismo de cuerda y el escape también necesitan aceite. Si el reloj cuenta con complicaciones adicionales, como un calendario perpetuo, el número de puntos que requieren lubricación puede llegar a triplicarse.

Sin aceite, tanto un coche como un reloj se detendrían al instante.

—Hansjörg Kittlas, jefe de montaje de movimientos especiales

Con la millonésima parte de un litro de lubricante basta para un movimiento completo.

Especialmente en el caso de los modelos más exclusivos y delicados, la lubricación requiere de una buena dosis de paciencia, destreza manual y experiencia. La punta metálica de la aceitera que Hansjörg Kittlas introduce cuidadosamente en un pequeño recipiente tiene menos de 0,1 mm de grosor. Con mano firme, deposita una gota de aceite en el rebajo de una joya del cojinete del calibre de la manufactura 94900. La gota es tan diminuta como para pasar desapercibida al ojo humano. La milésima parte de un mililitro basta para lubricar todo el movimiento del reloj. Un veloz deportivo, sin embargo, consume aceite de motor por litros.

Hay otro aspecto en el que un movimiento de reloj se diferencia claramente del motor de un coche. Mientras que la velocidad del motor de un coche de carreras puede llegar a alcanzar las 8 000 revoluciones por minuto, el movimiento del reloj trabaja a un ritmo bastante más relajado. El accionamiento más rápido, la rueda del áncora, tan solo completa 20 vueltas por minuto. «La velocidad puede ser relativamente baja, pero la presión sobre las superficies es increíblemente elevada», sentencia Kittlas sobre las condiciones en un reloj de pulsera. Es algo similar a lo que sucede con los zapatos de mujer: cuanto más afilados son los tacones, mayor es la marca que dejan en el parqué. Los pivotes, cuyo grosor no suele superar las décimas de milímetro, ejercen una presión igualmente extrema sobre los cojinetes.

Las singulares condiciones de un reloj exigen que el aceite cumpla con una serie de requisitos igualmente especiales. Hasta mediados de los años veinte del siglo pasado, el lubricante más utilizado era el aceite de pata de buey, que se extrae al hervir las glándulas sebáceas localizadas en los pies de las reses. Su principal inconveniente es que se deteriora rápidamente con el paso del tiempo. Hace poco más de cincuenta años, la industria química especializada comenzó a desarrollar aceites sintéticos con propiedades específicas para relojería. Estos caros productos de alta tecnología no se espesan ni evaporan, ni siquiera tras largos periodos de tiempo, y son resistentes tanto a la corrosión como a la oxidación.

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Media docena de lubricantes con propiedades específicas

En la actualidad, la elaboración de relojes se sirve de una media docena de aceites y grasas de distinta procedencia que han sido creados para cumplir con una finalidad concreta. Desde el barrilete hasta aproximadamente la rueda central, donde los movimientos son lentos y la fuerza considerable, los aceites que se utilizan son relativamente viscosos y crean una película estable de lubricante resistente a altas presiones. A medida que nos alejamos del muelle real aumentan las velocidades y disminuyen las fuerzas ejercidas. La cuarta rueda y la rueda del áncora, por ejemplo, requieren un aceite más fino que permita al movimiento avanzar con la mayor libertad posible.

Otro factor a tener en cuenta para determinar el lubricante que ofrece el mejor rendimiento es el material utilizado. Por ejemplo, no es lo mismo que un pivote de acero gire sobre un cojinete de latón que sobre una joya sintética. También es importante que las minúsculas gotas de aceite no se esparzan y penetren en otras piezas del movimiento. Para evitarlo, se utiliza el llamado epilamado. Este tratamiento especial para la superficie de los puntos de lubricación crea una película que mantiene el aceite donde le corresponde.

La parte más enrevesada del proceso es, probablemente, la lubricación del escape. Esto consiste en aplicar una cantidad diminuta de grasa a tres de los dientes de la rueda del áncora. A continuación, la grasa llega a las dos paletas, que la distribuyen de manera uniforme por todos los dientes de la rueda del áncora. El escape de áncora es uno de los subbloques objeto de las verificaciones más serias de todo el reloj donde la existencia de una película intacta de aceite es vital para garantizar un elevado grado de precisión.

En la actualidad, la elaboración de relojes se sirve de una media docena de aceites y grasas de distinta procedencia

La lubricación automática mejora la calidad

Para un ser humano resulta muy difícil llevar a cabo esta tarea con un nivel de fiabilidad alto y sistemático. «La automatización gradual del proceso de lubricación nos ha permitido mejorar la calidad de manera considerable», explica Markus Bühler, responsable de industrialización en IWC Schaffhausen. La aceitera neumática supuso un gran salto cualitativo, ya que posibilita la aplicación de gotas de lubricante de idéntico tamaño. En la actualidad, unos robots especiales se encargan de dispensar el aceite sobre más de veinte puntos de lubricación de manera simultánea, lo cual garantiza unos elevados estándares de calidad y uniformidad en el proceso. A día de hoy, incluso la lubricación del escape, algo crucial, está parcialmente automatizada.

En el futuro se podrá lanzar el lubricante desde distancias cortas en el lugar requerido sin que se produzca contacto de ningún tipo. La mayoría de la gente está familiarizada con la tecnología de inyección que se utiliza aquí, ya que es la misma que pueden encontrar en las impresoras de inyección de tinta de sus casas. También hay grandes expectativas depositadas en los revestimientos de DLC, ya que su capa ultrafina y extremadamente dura sobre la superficie de las piezas móviles puede llegar a reducir la fricción de forma tan drástica que los lubricantes ya no serían necesarios. No obstante, el proceso aún no ha conseguido resultados satisfactorios debido a las diminutas dimensiones de las piezas.

Esto quiere decir que, a día de hoy, no se dispone de una alternativa real a la lubricación. Pero incluso el aceite de la mejor calidad pierde sus facultades en algún momento. Las pequeñas partículas acaban generando impurezas. Así que, al igual que un coche deportivo, un reloj mecánico también necesita un cambio de aceite de vez en cuando. La diferencia es que, mientras el coche debe pasar por el taller una vez al año, un reloj de pulsera puede funcionar a la perfección durante mucho más tiempo. El movimiento solo requiere que un relojero lo desmonte y limpie todas sus piezas cada cinco años para eliminar las partículas de polvo y residuos de aceite. Para acabar, volverá a montar el mecanismo de precisión y lo lubricará de manera minuciosa hasta asegurarse de que continuará funcionando sin fallos y dando la hora con toda fiabilidad durante los próximos cinco años.

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