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El hombre que dio vida a <i>El principito</i>
Más que un escritor: una vida impulsada por la curiosidad y el ingenio.
Antoine de Saint-Exupéry nunca fue solo un escritor. Aviador, inventor, ingeniero y humanista, encarnó una curiosidad incansable y una determinación de trascender lo conocido. Veía el mundo con la precisión de un ingeniero y la imaginación de un visionario, cuestionando, construyendo y explorando siempre nuevas posibilidades.
Para él, la aventura nunca fue una forma de evadirse, sino una responsabilidad.
Esta mentalidad conecta profundamente con IWC y nuestro legado de excelencia relojera. Al igual que los miembros de The Engineers Society, Saint-Exupéry creía que la innovación no solo debía hacer avanzar la tecnología, sino también inspirar a las personas.
¿Pero quién era realmente?
Para conmemorar el 126.ª aniversario de su nacimiento y los 20 años de colaboración con la fundación Antoine de Saint-Exupéry para la juventud (Fondation Antoine de Saint-Exupéry pour la Jeunesse), que se dedica a fomentar la educación, la alfabetización y el acceso a la cultura entre los jóvenes de todo el mundo, hablamos con su sobrino nieto Olivier d’Agay sobre el hombre que dio vida a la leyenda.
Un hombre de talentos y contradicciones.
¿Quién fue Antoine de Saint-Exupéry más allá del escritor?
Olivier d’Agay: “Es una pregunta que llevo haciéndome 25 años”, afirma Olivier con una sonrisa y añade: “Era un hombre de muchos talentos y muchas contradicciones, como muchos genios”.
Además de ser el autor de El principito, Saint-Exupéry fue un piloto, poeta, cineasta, filósofo y visionario fascinado por la ciencia, la humanidad y el progreso. “Lo único que no le interesaba era la política”, explica Olivier, que prosigue: “Le importaban la filosofía, la humanidad y el progreso de la ciencia”.
En privado, era igual de complejo: un hombre de aventura y mecánica de día, rodeado de pilotos y motores, y escritor de noche, a base de café para enfrentar largas horas de escritura. “Necesitaba los dos mundos”, afirma Olivier, que concluye: “Inspiraban su escritura”.
El punto de encuentro entre la ingeniería y el humanismo.
¿Por qué hay una conexión tan natural entre Saint-Exupéry y The Engineers Society de IWC?
Para Olivier, la conexión va más allá de la aviación.
“Hay ciencia e innovación, por supuesto”, afirma, “pero también valores humanistas”.
Ve una mentalidad compartida entre Saint-Exupéry y los ingenieros de IWC: rigor, honestidad, refinamiento y la búsqueda constante de la mejora. “Saint-Exupéry escribía 1000 páginas para crear un libro de 100 páginas”, explica Olivier. “Solía decir que un libro no se terminaba cuando no había nada más que añadir, sino cuando no había nada más que quitar”.
Esa filosofía recuerda de inmediato al mundo de la ingeniería y la relojería. “Quitar, quitar, quitar, hasta llegar al diamante”, comenta Olivier. “Hayao Miyazaki me dijo una vez: Saint-Exupéry es un diamante. Con una forma perfecta. No hay nada que añadir y nada que quitar”.
Luego, entre risas, afirma: “Así que los relojes de IWC son diamantes también”.
La mente del filósofo.
¿Era más escritor o ingeniero?
“En definitiva, creo que lo más importante para él no era ser piloto o escritor, sino ser filósofo”, afirma Olivier, que prosigue: “Un hombre capaz de ofrecer a la humanidad pautas y reflexiones importantes”. Texto alternativo: Antoine de Saint-Exupéry sentado en un murete de piedra en una ciudad, sosteniendo un cigarrillo.
Aun así, la mentalidad de ingeniero de Saint-Exupéry era innegable. Registró varias patentes, especialmente en el ámbito de la tecnología aeronáutica, incluidos sistemas diseñados para ayudar a los pilotos a aterrizar en condiciones de poca visibilidad. “Siempre estaba pensando: ¿cómo podemos resolver este problema?”, afirma Olivier.
Ya fuera en la aviación, el cine, los dispositivos de grabación o la astronomía, Saint-Exupéry sentía una curiosidad inagotable por las nuevas tecnologías y por cómo podrían servir a la humanidad. “Realmente era un hombre de ciencia, pero siempre consciente también del lado oscuro de la tecnología”, explica Olivier.
¿Qué significaba el peligro para él?
Olivier insiste en que, a pesar de haberse convertido en uno de los grandes pioneros de la aviación, Saint-Exupéry nunca buscó el peligro por el mero hecho de buscarlo. “No buscaba el riesgo”, afirma, y añade: “El peligro era sencillamente parte del trabajo”.
Al igual que los astronautas hoy en día, los primeros aviadores eran conscientes de los riesgos, pero se centraban en algo más grande que ellos mismos: la exploración, la innovación y el avance de la humanidad. “No nos admiréis por enfrentarnos al peligro”, dice Olivier sobre la generación de Saint-Exupéry, y prosigue: “Admiradnos por asumir el reto de desarrollar esta nueva tecnología y hacer avanzar a la humanidad”.
En muchos sentidos, Olivier cree que los pilotos de los años 30 eran “los astronautas de hoy”.
El mundo desde arriba.
¿Cómo influyó el hecho de volar en su escritura?
Para Saint-Exupéry, volar ofrecía algo más que aventura: cambió su perspectiva sobre la humanidad. Texto alternativo: Antoine de Saint-Exupéry, el famoso aviador, sentado en el asiento de piloto de un aeroplano.
“Le encantaba volar porque se podía ver el planeta desde arriba”, explica Olivier. “Sintió el ‘efecto perspectiva’ antes que los astronautas”.
Mucho antes de que se extendiera la conciencia medioambiental, Saint-Exupéry ya se preocupaba por la relación de la humanidad con la Tierra. Ver el planeta desde el cielo hacía más evidente lo frágil y único que era. “No podemos deteriorar el planeta sin más”, dice Olivier. “Sentía una enorme responsabilidad por el futuro”.
Ese sentido de la perspectiva también moldeó su escritura. Incluso sus reflexiones más poéticas se basaban en la experiencia vivida. “Nunca era ficción”, afirma Olivier, que añade: “Convertía la vida real en oro”.
Por qué sus palabras siguen teniendo peso.
Parece lleno de contradicciones, pero ¿realmente era así?
“Totalmente”, afirma Olivier, que continúa: “Pero no en un sentido negativo”. Saint-Exupéry era capaz de cautivar a todos en la mesa con su carisma y su humor, y luego aislarse en una profunda soledad. Conducía Bugattis a una velocidad vertiginosa, pero soñaba con pasar su vida en un monasterio. Vivía entre la dureza de la mecánica y la delicadeza de la poesía, entre el rigor técnico y la sensibilidad emocional.
“Pero esa riqueza es, precisamente, lo que lo convirtió en quien era”, afirma Olivier, que añade: “El lado más duro y el más tierno convivían en él”.
¿Qué consejo daría hoy a las generaciones más jóvenes?
Olivier hace una pausa antes de responder.
“Creo que nada ha cambiado”, dice finalmente, y concluye: “Así que el mejor consejo que daría hoy es sencillo: leer El principito”.
Para él, el mensaje de Saint-Exupéry sigue siendo atemporal precisamente porque apela a algo universal: curiosidad, responsabilidad, empatía y asombro, valores que hoy en día importan tanto como hace casi un siglo.